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lunes, 1 de octubre de 2012

La sangre de los fantasmas


Corín acaba de separarse. En realidad hace seis meses que se ha separado pero aún no lo asume. Por eso procura no hablar de ello y si no tiene más remedio que hacerlo acostumbra a utilizar el gerundio (nos estamos dando un tiempo), todo lo más el pretérito perfecto (de momento lo hemos dejado), pero jamás reúne el valor necesario para el pretérito indefinido (lo nuestro terminó). Él era farmacéutico, sigue siendo farmacéutico, y ella es profesora de lengua, también sigue siéndolo, aunque a veces llama al director del instituto donde trabaja diciendo que tiene una jaqueca terrible, o que se ha resfriado, o que se ha doblado el tobillo, o que tiene diarrea, o que el lumbago no la deja ponerse derecha, o que ha tenido una subida de tensión, o que ha despertado con vértigo, o que se ha levantado con los pies cambiados, como si el derecho fuera el izquierdo y el izquierdo de poliuretano y tornillos. Porque Corín es coja, le falta la pierna derecha desde la ingle y camina con una ortopédica y un bastón. En el colegio, el director, amigo de Corín desde la infancia, la entiende. Los demás compañeros sin embargo han dejado de entenderla, porque una separación es capaz de acabar con cualquiera, eso desde luego, pero seis meses son suficientes como para ir pensando en otra cosa, como para que las heridas viejas se cierren y se vayan abriendo nuevas perspectivas.  Además, el farmacéutico tampoco valía demasiado.

Al principio Corín se abandonó y adelgazó. Perdió trece o catorce quilos, quizá más, y se quedó como un bacalao. Si permanecía desnuda delante de un espejo se le reflejaban todos los huesos y asustaba: los pechos colgando sin vida sobre el arpa de sus costillas, el estómago hundido en un hueco, la piel de la cara mate y como verdosa, y el pelo, negro y abombado, le comía todas las facciones. Solo la pierna derecha permanecía igual, y eso la hacía llorar y perder aún más peso. Así que fue al médico; no para encontrarse mejor, ella no quería encontrarse mejor, lo único que quería era que su marido volviera a su lado y si seguía abandonándose de aquella manera, si seguía perdiendo peso y descuidando su aliño, su marido no regresaría jamás. El médico, un hombre viejo, cansado de su profesión y un tanto escéptico, al menos esa fue la impresión que tuvo Corín al verlo, le recetó una caja de vitaminas, unas ampollas para los nervios, una sonrisa tan ortopédica como la pierna de su paciente y una mano fría y blanda antes de despedirse. A pesar de ello al poco de tomar el tratamiento Corín volvió a engordar; engordó todos los kilos que había perdido y alguno más, pero no muchos más, y como siempre le había faltado algo de carne, los nuevos kilos adquiridos no le sentaron mal. Pero para entonces el farmacéutico ya estaba con otra.

Las clases, cuando iba, eran terribles. Los alumnos hablaban entre ellos a voz en grito, se tiraban tizas y aviones de papel (de planeo y de reacción a chorro), se tiraban bolígrafos y gomas de borrar; y ella ignoraba todas las batallas, todas se quedaban en nada comparada con el infierno interno que cuidaba con mimo, atizando el rescoldo cada vez que las llamas amenazaban con extinguirse.
El profesor de matemáticas entró un día en el aula de Corín gritando que así él  no podía dar clase, que los gritos de los críos se escuchaba en todo el instituto y que si no sabía digerir sus problemas pues que abandonara la docencia. La palabra problemas, de sobra es sabido, suena diferente en los oídos de un profesor de matemáticas frente a los de uno de lengua. Al primero le estimula, le pone de buen humor, casi le excita, mientras que lo que produce esa palabra en un filólogo, o incluso en un filósofo, se parece bastante a la depresión, a la rabia, o en el peor de los casos a la impotencia. A Corín la palabra le produjo rabia. Y unos segundos después de escucharla se lanzaba sobre el profesor de matemáticas con sus uñas larguísimas —porque en todo este proceso de abandono, lo que nunca había dejado de cuidarse Corín eran las uñas, como un gesto de última esperanza, un mojón que, llegado el momento, le recordara el camino de regreso— y le dejaba la cara chorreando sangre: la nariz como un grifo roto, la frente llena de arañazos, los ojos teñidos de rojo. Luego Corín se marchó a casa. Por su parte, el profesor de matemáticas, fue al despacho del director a quejarse. Fue al ambulatorio donde le curaron las heridas y le recetaron un colirio para su visión borrosa. Fue a los juzgados donde puso una denuncia por agresión. Fue a la Consejería de Educación donde redactó una queja contra una compañera, una colega deplorable, una profesora de lengua al borde de la esquizofrenia. Fue a un bar y se pidió un café solo. Mientras le daba vueltas con la cucharilla vio, en el remolino negro y turbio, un poco de vergüenza, y un poco de rabia, y un poco de angustia hundiéndose helicoidalmente hacia el culo de la taza.

El director del instituto se acercó a casa de Corín por la tarde, a eso de las ocho, después de su jornada laboral y de merendar un té con pastas con su madre, haciendo como que la escuchaba, asintiendo con la cabeza cada vez que aquella abría la boca pero pensando él en sus cosas, en los problemas del trabajo, en su vida llena de agujeros mientras engullía las pastas ablandadas por el té. Corín le abrió y no le dijo nada, lo miró un instante y se perdió luego por el pasillo, dando tumbos de una pared a otra, un poco por la pierna y un poco por el whisky que había bebido y que iba dejando rastros en el aire. El director cerró la puerta despacio, como si fuera un ladrón que temiera ser descubierto y fue tras ella. La alcanzó en el salón, derrumbada sobre un sofá delante del televisor. Corín comenzó a hacer zapping sin preguntar nada, sin mirarlo siquiera. El director se sentó en el sofá de al lado. Parecían un matrimonio antiguo; imposible de sorprenderse el uno al otro. Corín se detuvo frente a una película en blanco y negro, una de gángsters que el director no recordaba haber visto. Se subió la falda, se soltó unas hebillas y la pierna cayó al suelo. Hizo un ruido como de carne. El director miró la pierna ortopédica con naturalidad, con algo de ternura también. Después cayó el mando al suelo. Y después el cuello de Corín se tronchó y la cabeza quedó horizontal, el pelo colgando, los ojos cerrados. El director permaneció un buen rato viendo las extorsiones de los gángsters en una pastelería con las vitrinas llenas de tartas en blanco y negro, los tiroteos luego, los cristales cayendo sobre el merengue de las tartas, las explosiones y las persecuciones pobres de medios de aquella película de los años cincuenta que no había visto antes. Después cogió el mando del suelo y apagó la tele. Cogió a Corín en volandas y la llevó a la cama. Tras acostarla estuvo examinando el dormitorio. En un perchero había colgada una bata blanca, seguro que del farmacéutico. Debía llevar mucho tiempo allí. Parecía un fantasma acechando, un fantasma sin prisas cuya misión era velar los sueños de Corín para dejarlos sin sustancia. El director sintió un escalofrío al verla. Le entraron ganas de ametrallarla, de convertirse de repente en un gángster y llenarla toda de agujeros, hacerla bailar al son de las balas, ensangrentarla con una hilera de disparos horizontales y otra de arriba abajo. Pero la sangre de los fantasmas es invisible y nunca  sabes cuando les has acertado, cuando has terminado por fin con ellos.

De regreso al salón recogió la pierna del suelo y la puso sobre el sofá con mimo. La acarició. La recorrió un poco con la nariz, hasta las bisagras de la rodilla. Olía a Corín, o quizá era Corín la que olía a ella. Siguió acariciándola, subiendo la mano por la parte interior del muslo hasta donde se acababa la pierna. Después se levantó y fue mirando fotos por la casa, retratos de Corín de joven, de Corin con su familia, de Corín el día de su boda donde aparecía él, el director de instituto, escondiéndose entre los invitados detrás de una sonrisa. Estuvo mirando cuadros y figuras de madera que adornaban algunos de los rincones, figuras étnicas de jirafas e hipopótamos, redondeadas, brillantes a pesar de la capa de polvo. Estuvo mirando estanterías con libros, leyendo los títulos de los ejemplares más llamativos sin abrir ninguno, sin llegar a tocarlos tampoco. En un momento dado apagó las luces y salió de la casa. Cerró la puerta muy despacio, intentando en vano no hacer ruido, como un ladrón torpe que nunca sabrá robar nada.  

3 comentarios:

  1. Pepe Lillo, esa pierna ortopédica de Corín, esa bata blanca de farmacéutico, colgada en el perchero, y ese director de instituto que toma té con su madre son detalles estupendos. Me gusta la historia y cómo la has contado.

    Saludos.
    Boris

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  2. Por fin pica uno, me alegra que hayas sido tú, Boris. Gracias por tus palabras. Un abrazo.

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