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miércoles, 4 de enero de 2017

EL SCALEXTRIC

A Daniel le pasaba siempre: cuando llegaban las nueve de la noche su oreja izquierda comenzaba a calentarse a la vez que el sueño se apoderaba de él. Normalmente era el momento de irse a la cama. Pero si algún día intentaba aguantar un poco más, entonces la oreja acababa hirviendo y debía meterla bajo el chorro de agua fría, notando así una sensación tan extraordinaria como inútil, como si intentara apagar un incendio con cubitos de hielo. Un incendio cartilaginoso.

De entre todas las fiestas que se sucedían en Navidad sin duda su preferida era la última. De entre todos los juguetes que los Reyes Magos le pudieran traer, el Scalextric. Y de entre todos los coches del Scalextric, el Porche 917 gris perla. Aquel bólido parecía una nave espacial, con los alerones traseros rectangulares, como alas plegadas a modo de reactores, el parabrisas en forma de uve, y las ventanas laterales, que más que ventanas eran escotillas, por las que se verían pasar rayas de luz si aceleraba. Aún estando parado desprendía velocidad. Pero el Scalextric era demasiado caro, así que los Reyes nunca se lo dejaban.

La misma cocina, el mismo número de habitaciones, el mismo salón partido por la mitad. Eran como dos órganos pares; idénticas, simétricas, conectadas entre sí a través del patio central. El abuelo había partido el solar oblongo en dos y había levantado en él una casa para cada hija. Aquel tipo de estructura facilitaba la estrategia. La Noche de Reyes, después de atravesar el patio, su madre cogía los juguetes que guardaban en casa de la tía y salia a la calle. Abría la puerta de su propia casa, con cuidado de no hacer ruido, y los disponía todos en el zaguán. Luego pulsaba el timbre y volvía corriendo, de nuevo por casa de la hermana.

La Noche de Reyes era una de esas noches en que la oreja izquierda de Daniel quemaba. Meter la oreja debajo el grifo y sonar el timbre todo era una. Siempre sucedía igual. Así que el ding dong le pillaba sobre alerta. Arrancaba a correr desde la cocina, atravesaba el salón y el pasillo salpicando agua, saltaba sobre los juguetes del zaguán y salía a la calle buscando sorprender a los Reyes Magos. Una vez, Melquiades, el vecino de enfrente, le dijo que había visto la capa azul de Baltasar doblando la esquina de arriba, que de haber corrido solo un poco más los habría alcanzado. Luego Daniel regresaba al zaguán para hacer el recuento de juguetes. Y tras reponerse de la ausencia del Scalextric, se le abrían los ojos como platos mientras rasgaba el envoltorio de papel frente a la sonrisa y la respiración aún entrecortada de su madre.

Acababa de cumplir 9 años cuando sucedió lo del terremoto. Un temblor real que salió en los periódicos. Y a la vez una metáfora. La tierra se agitó apenas unos segundo, los cuadros quedaron ladeados. A partir de ahí su madre se puso enferma. Su salud se resquebrajó, como los edificios. Cada día que pasaba estaba un poco más pálida y delgada. Los ingresos en el hospital se hicieron cotidianos. Los ojos se le hundieron. Murió un domingo de Agosto. Ese mismo año, no recuerda bien cómo, ni por quién, descubrió la verdadera identidad de los Reyes Magos. Una luz impúdica fue desvelando todos los misterios. La estrategia de su madre para dejar los juguetes. La trágica vulgaridad de su padre. Los dedos de ella pulsando el timbre. Su cara sofocada y sonriente. No dejó títere con cabeza, la luz. Pero no se atrevió a decir nada, sobre todo por no desilusionar a su padre, que tras la muerte de su madre se había quedado mustio; como si estuviera donde no le correspondía, o como si hubiera perdido el paso en un desfile, o como si hubiera llegado tarde a un cine cerrado hacía siglos.

Las Navidades siguientes fueron tristes. Aunque todo el mundo se esforzó en que no lo parecieran, y se reunieron más miembros de la familia que otros años, fueron muy tristes. Su padre le aconsejó que volviera a incluir el Scalextric en la carta de los juguetes. Compró el roscón más grande que encontró en la pastelería. La noche de Reyes, a eso de las nueve, la oreja comenzó a calentarse. Sintió ganas de meterla bajo el agua. Pero estaba tan cansado, que permaneció frente a la tele, medio adormecido. De pronto escuchó una voz dirigiéndose a él. La voz dijo: ¡Ahora! En el mismo instante en que saltó del sofá sonó el timbre. Pero en lugar de correr hacia el zaguán, salió al patio y corrió por el pasillo de la casa gemela. En dirección contraria a la de ella. Alcanzó la calle sin haberla encontrado. Le faltaba el aire. Melquiades fumaba, con la espalda apoyada en la fachada de enfrente y rostro de preocupación. ¿La has visto?, le preguntó. Melquiades alzó el brazo y señaló hacia su propia casa. Daniel se dirigió hacia ella. Levantó la persiana de golpe. El Porche 917 gris perla ocupaba todo el zaguán. La puerta del vehículo se abrió hacia arriba mediante un mecanismo hidráulico. La tapicería olía a cuero. El sonido del motor era dulce, profundo. Cerró la puerta oprimiendo un botón, se agarró al volante con ambas manos y pisó el acelerador a fondo. Rayas de luz atravesaron las escotillas. Rayas y más rayas de luz. Solo rayas de luz. La oreja izquierda le ardía.