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sábado, 24 de noviembre de 2012

Muertos nostálgicos


De sobra es sabido que la gente cuando muere no se va de los sitios. Se quedan un tiempo ahí, como despidiéndose de las cosas, de los muebles (sobre todo de las camas y los espejos), de los televisores, releyendo la última revista o el último libro que dejaron abierto. El tiempo de permanencia es cuestión de carácter; hay algunos que prefieren dar un repaso rápido y a otra cosa. Hay otros, no obstante, que son, como lo diría, muertos nostálgicos; se quedan merodeando los lugares de siempre, como esperando algo o a alguien que no acaba de llegar. Luego, con el tiempo, estos nostálgicos comienzan a hacer viajes. Al principio son apenas escapadas, ausencias de un día o dos como máximo. Después van espaciando los regresos; ya no se sientan frente al televisor apagado por las tardes, ni vuelven a mirar retratos, o a oler el olor del café a diario (es tan difícil abandonar definitivamente el café), hasta que desaparecen. La tía Vicenta, por poner un ejemplo cercano, aún no está en esa fase. Qué paradójica es la muerte: últimamente siempre estaba queriendo irse, se quedó sin hermana, sin marido, sin su mejor amiga, qué pintaba ya ella aquí, y cuando por fin lo logra va y se arrepiente. Se ve que no encontró a nadie que la esperara al otro lado, y es que en el otro lado cada uno va a su bola, lo sé porque me lo ha dicho ella, los vínculos de los muertos no son los mismos que los de los vivos, allí se mueven por otras inquietudes, por cosas más simples, aunque no ha sabido decirme que cosas son esas por las que se mueven, se ve que aún no lo ha averiguado. Dice que ella como en su casa no está en ninguna parte, que como la casa se ha quedado cerrada y vacía, no molesta a nadie, y que mientras siga de ese modo ella se quedará por allí, buscándose en los espejos, sentada en el sofá, en las  camas y en las sillas. Porque los muertos no vagan, eso es puro invento, la mayor parte del tiempo lo pasan sentados y recordando, o poniendo cara de que recuerdan. Yo me asomé al patio común que compartíamos y supe que aún estaba allí. No es que la viera a ella, lo noté en la casa. Las casas cuando sus moradores se van, cambian y, una de dos, o se vuelven rancias, o rebrotan, según el caso, pero la de la tía Vicenta no había cambiado nada, seguía igual que antes. Como decía, no la vi entonces ni la he visto luego. Ni siquiera la oigo: me habla por telepatía. Todo lo que me dice es por telepatía, y como siempre hubo una buena sintonía entre nosotros, pues no nos ha costado nada dominar esa nueva forma de comunicación.  El domingo pasado fui a ver a mi padre (que es quien vive en la casa del otro lado del patio común, la casa en la que yo he vivido siempre, hasta que me casé), y mi tía Vicenta me dijo que si podía salir un momento al patio, fue entonces cuando vi que su casa seguía sin cambiar de estado, y que mi tía por necesidad tenía que seguir ahí dentro, que no eran alucinaciones lo que acababa de escuchar dentro de mi cabeza. Así que me concentré en la ventana de su cocina y al poco conecté con sus ondas telepáticas sin mayor dificultad, y fue entonces cuando me contó eso de que mientras la casa esté cerrada ella piensa quedarse por sus pasillos y habitaciones, sentándose aquí y allá, que le queda por delante demasiado tiempo para estar de pie. Le dije que lo entendía perfectamente, y noté su caricia telepática sobre mi pelo recién cortado. ¿Vendrás a verme de vez en cuando?, me dijo. Claro, dije yo, mientras permanezcas en la casa vendré a verte. Pero eso no se lo transmití telepáticamente, lo pensé pero no se lo transmití; no quería ponerla triste con eso de que llega un día en que acaban por irse del todo, de momento sigue aquí, que es lo que importa, poniendo cara de recordar las partidas de parchís que ganábamos formando pareja contra mis padres, recordando los cuentos que me contaba cuando niño, recordando el sabor de los rollos de pan de Calatrava cuya receta ya había olvidado cuando quisimos heredarla, recordando un novio que le regaló un pájaro hecho con asta de toro y un ojo brillante. Mi tío, el que acabó (gracias a Dios) casándose con mi tía después de aquel novio del asta de toro, también murió hace unos años, pero él ya se fue. Él siempre fue un aventurero, aunque un aventurero de sillón para el que los viajes físicos solo eran simplezas, y al poco de morir se fue en busca de nuevas inquietudes, en busca de lugares nuevos (insisto, que paradójica es la muerte). Mi tía, por el contrario, ha decidido quedarse una buena temporada en la casa. Mi prima, su única hija, llamó para decirme que mientras mi padre viva en la casa de enfrente no alquilará la suya, porque no quiere meter desconocidos en ese patio común al que sale mi padre a tomar el sol, ya solo, a escuchar música clásica y a poner cara de que recuerda. Así que en cuanto mi padre muera mi tía se irá definitivamente. Ahora el destino de uno depende del otro. Quién se lo iba a decir a ellos dos, que se pasaron la vida discutiendo. Por su puesto mi padre no capta las conversaciones telepáticas de mi tía, eso es algo exclusivo entre ella y yo. Me concentro en la ventana cerrada de la cocina, en la mosquitera desgarrada, y la oigo respirar sentada junto a la pila donde lavaba los platos, ¿quieres que te cuente un cuento?, me dice al presentirme. Y yo me siento en una de las sillas del patio y le digo que claro, que puede empezar cuando quiera.

lunes, 1 de octubre de 2012

La sangre de los fantasmas


Corín acaba de separarse. En realidad hace seis meses que se ha separado pero aún no lo asume. Por eso procura no hablar de ello y si no tiene más remedio que hacerlo acostumbra a utilizar el gerundio (nos estamos dando un tiempo), todo lo más el pretérito perfecto (de momento lo hemos dejado), pero jamás reúne el valor necesario para el pretérito indefinido (lo nuestro terminó). Él era farmacéutico, sigue siendo farmacéutico, y ella es profesora de lengua, también sigue siéndolo, aunque a veces llama al director del instituto donde trabaja diciendo que tiene una jaqueca terrible, o que se ha resfriado, o que se ha doblado el tobillo, o que tiene diarrea, o que el lumbago no la deja ponerse derecha, o que ha tenido una subida de tensión, o que ha despertado con vértigo, o que se ha levantado con los pies cambiados, como si el derecho fuera el izquierdo y el izquierdo de poliuretano y tornillos. Porque Corín es coja, le falta la pierna derecha desde la ingle y camina con una ortopédica y un bastón. En el colegio, el director, amigo de Corín desde la infancia, la entiende. Los demás compañeros sin embargo han dejado de entenderla, porque una separación es capaz de acabar con cualquiera, eso desde luego, pero seis meses son suficientes como para ir pensando en otra cosa, como para que las heridas viejas se cierren y se vayan abriendo nuevas perspectivas.  Además, el farmacéutico tampoco valía demasiado.

Al principio Corín se abandonó y adelgazó. Perdió trece o catorce quilos, quizá más, y se quedó como un bacalao. Si permanecía desnuda delante de un espejo se le reflejaban todos los huesos y asustaba: los pechos colgando sin vida sobre el arpa de sus costillas, el estómago hundido en un hueco, la piel de la cara mate y como verdosa, y el pelo, negro y abombado, le comía todas las facciones. Solo la pierna derecha permanecía igual, y eso la hacía llorar y perder aún más peso. Así que fue al médico; no para encontrarse mejor, ella no quería encontrarse mejor, lo único que quería era que su marido volviera a su lado y si seguía abandonándose de aquella manera, si seguía perdiendo peso y descuidando su aliño, su marido no regresaría jamás. El médico, un hombre viejo, cansado de su profesión y un tanto escéptico, al menos esa fue la impresión que tuvo Corín al verlo, le recetó una caja de vitaminas, unas ampollas para los nervios, una sonrisa tan ortopédica como la pierna de su paciente y una mano fría y blanda antes de despedirse. A pesar de ello al poco de tomar el tratamiento Corín volvió a engordar; engordó todos los kilos que había perdido y alguno más, pero no muchos más, y como siempre le había faltado algo de carne, los nuevos kilos adquiridos no le sentaron mal. Pero para entonces el farmacéutico ya estaba con otra.

Las clases, cuando iba, eran terribles. Los alumnos hablaban entre ellos a voz en grito, se tiraban tizas y aviones de papel (de planeo y de reacción a chorro), se tiraban bolígrafos y gomas de borrar; y ella ignoraba todas las batallas, todas se quedaban en nada comparada con el infierno interno que cuidaba con mimo, atizando el rescoldo cada vez que las llamas amenazaban con extinguirse.
El profesor de matemáticas entró un día en el aula de Corín gritando que así él  no podía dar clase, que los gritos de los críos se escuchaba en todo el instituto y que si no sabía digerir sus problemas pues que abandonara la docencia. La palabra problemas, de sobra es sabido, suena diferente en los oídos de un profesor de matemáticas frente a los de uno de lengua. Al primero le estimula, le pone de buen humor, casi le excita, mientras que lo que produce esa palabra en un filólogo, o incluso en un filósofo, se parece bastante a la depresión, a la rabia, o en el peor de los casos a la impotencia. A Corín la palabra le produjo rabia. Y unos segundos después de escucharla se lanzaba sobre el profesor de matemáticas con sus uñas larguísimas —porque en todo este proceso de abandono, lo que nunca había dejado de cuidarse Corín eran las uñas, como un gesto de última esperanza, un mojón que, llegado el momento, le recordara el camino de regreso— y le dejaba la cara chorreando sangre: la nariz como un grifo roto, la frente llena de arañazos, los ojos teñidos de rojo. Luego Corín se marchó a casa. Por su parte, el profesor de matemáticas, fue al despacho del director a quejarse. Fue al ambulatorio donde le curaron las heridas y le recetaron un colirio para su visión borrosa. Fue a los juzgados donde puso una denuncia por agresión. Fue a la Consejería de Educación donde redactó una queja contra una compañera, una colega deplorable, una profesora de lengua al borde de la esquizofrenia. Fue a un bar y se pidió un café solo. Mientras le daba vueltas con la cucharilla vio, en el remolino negro y turbio, un poco de vergüenza, y un poco de rabia, y un poco de angustia hundiéndose helicoidalmente hacia el culo de la taza.

El director del instituto se acercó a casa de Corín por la tarde, a eso de las ocho, después de su jornada laboral y de merendar un té con pastas con su madre, haciendo como que la escuchaba, asintiendo con la cabeza cada vez que aquella abría la boca pero pensando él en sus cosas, en los problemas del trabajo, en su vida llena de agujeros mientras engullía las pastas ablandadas por el té. Corín le abrió y no le dijo nada, lo miró un instante y se perdió luego por el pasillo, dando tumbos de una pared a otra, un poco por la pierna y un poco por el whisky que había bebido y que iba dejando rastros en el aire. El director cerró la puerta despacio, como si fuera un ladrón que temiera ser descubierto y fue tras ella. La alcanzó en el salón, derrumbada sobre un sofá delante del televisor. Corín comenzó a hacer zapping sin preguntar nada, sin mirarlo siquiera. El director se sentó en el sofá de al lado. Parecían un matrimonio antiguo; imposible de sorprenderse el uno al otro. Corín se detuvo frente a una película en blanco y negro, una de gángsters que el director no recordaba haber visto. Se subió la falda, se soltó unas hebillas y la pierna cayó al suelo. Hizo un ruido como de carne. El director miró la pierna ortopédica con naturalidad, con algo de ternura también. Después cayó el mando al suelo. Y después el cuello de Corín se tronchó y la cabeza quedó horizontal, el pelo colgando, los ojos cerrados. El director permaneció un buen rato viendo las extorsiones de los gángsters en una pastelería con las vitrinas llenas de tartas en blanco y negro, los tiroteos luego, los cristales cayendo sobre el merengue de las tartas, las explosiones y las persecuciones pobres de medios de aquella película de los años cincuenta que no había visto antes. Después cogió el mando del suelo y apagó la tele. Cogió a Corín en volandas y la llevó a la cama. Tras acostarla estuvo examinando el dormitorio. En un perchero había colgada una bata blanca, seguro que del farmacéutico. Debía llevar mucho tiempo allí. Parecía un fantasma acechando, un fantasma sin prisas cuya misión era velar los sueños de Corín para dejarlos sin sustancia. El director sintió un escalofrío al verla. Le entraron ganas de ametrallarla, de convertirse de repente en un gángster y llenarla toda de agujeros, hacerla bailar al son de las balas, ensangrentarla con una hilera de disparos horizontales y otra de arriba abajo. Pero la sangre de los fantasmas es invisible y nunca  sabes cuando les has acertado, cuando has terminado por fin con ellos.

De regreso al salón recogió la pierna del suelo y la puso sobre el sofá con mimo. La acarició. La recorrió un poco con la nariz, hasta las bisagras de la rodilla. Olía a Corín, o quizá era Corín la que olía a ella. Siguió acariciándola, subiendo la mano por la parte interior del muslo hasta donde se acababa la pierna. Después se levantó y fue mirando fotos por la casa, retratos de Corín de joven, de Corin con su familia, de Corín el día de su boda donde aparecía él, el director de instituto, escondiéndose entre los invitados detrás de una sonrisa. Estuvo mirando cuadros y figuras de madera que adornaban algunos de los rincones, figuras étnicas de jirafas e hipopótamos, redondeadas, brillantes a pesar de la capa de polvo. Estuvo mirando estanterías con libros, leyendo los títulos de los ejemplares más llamativos sin abrir ninguno, sin llegar a tocarlos tampoco. En un momento dado apagó las luces y salió de la casa. Cerró la puerta muy despacio, intentando en vano no hacer ruido, como un ladrón torpe que nunca sabrá robar nada.  

domingo, 2 de septiembre de 2012

Famosos en la playa


Se me está quemando la espalda, noto cómo el sol me va chamuscando la piel, pero no me apetece darme la vuelta, no sé si tendría las fuerzas suficientes para ese esfuerzo sobrehumano. Estoy tumbado boca abajo y tengo la cabeza girada hacia el lado izquierdo, la mejilla derecha sobre la toalla, una toalla demasiado pequeña para ser de playa, lo que hace que los pies queden fuera de ella y los dedos se claven en la arena (los dedos de los pies). Frente a mí descubro a Elena Pintski, la saltadora de altura. Hace apenas dos días la vi por televisión en los Juegos Olímpicos de Londres. Es muy alta y el locutor dijo que había sido madre. Luego, después del parto, había estado entrenando para las que con toda seguridad serían sus últimas olimpiadas. Debe estar de vacaciones, nada como la playa y el mar para relajarse después de un momento de estrés como el que acaba de vivir. Lleva unas gafas de sol que le cubren media cara. No debe querer que la reconozcan. Es un asco que la gente te vaya pidiendo autógrafos cuando tú intentas alejarte de tu trabajo. Lo digo porque lo imagino, claro, porque yo no soy famoso, en realidad hay muy poca gente que me conoce cuando me quito la bata blanca con la que trabajo en la farmacia. Cuando voy por la calle con la bata, a comprar algo de fruta, por ejemplo, o a tomar un café entre receta y receta, todos me saludan; pero en cuanto me quito la bata ni me ven, o si me ven no saben dónde colocarme, sin bata estoy desubicado, les sueno de algo pero no saben dónde me han visto. Una vez pasé tres días pensando dónde había visto la cara de una chica que me saludó a la salida de una heladería. Luego se me olvidó que no conseguí recordarla. Puede que a Elena Pintski le pase lo mismo. Quiero decir, puede que haya gente que la vea y, como hace muy poco que se acabaron las olimpiadas, la reconozcan pero no sepan donde encajarla. Yo sin embargo la he reconocido nada más verla, sentada en una silla baja y con los ojos cerrados detrás de esas gafas de sol enormes. El primer intento sobre uno ochenta fue un salto fácil. Un salto para ir calentando los músculos, para repasar la técnica del salto. Se concentró unos segundos, se acercó en una carrera un tanto parabólica y cuando le quedaban pocos metros para alcanzar el listón, fue inclinando el cuerpo de una manera extraña, artificial me pareció a mí. Pero al llegar al borde de la colchoneta se hizo el milagro, se elevó como un pájaro, o un ángel, y su culo pasó un palmo por encima del listón, por lo menos un palmo, si no más. Uno ochenta debe ser una altura fácil para Elena Pintski. Y sin embargo son siete centímetros más de lo que yo mido. Saltar hasta elevar mi culo por encima de mi cabeza me parece algo imposible, un hecho casi heroico, únicamente al alcance de superhombres, como levantarme de la toalla en este momento, pero ella lo consiguió. Y sin embargo ahí está, medio adormilada en su silla baja como si cualquier cosa, intentado pasar desapercibida.
Algo más allá, en la orilla, con los pies dentro del agua, en realidad el agua le llega a las rodillas, está Tim Hauser, miembro de los Manhattan Transfer. Ese que es medio calvo pero lleva una coleta larguísima. Está más gordo ahora, y eso que la tele dicen que engorda. Lo cierto es que hace mucho tiempo que no lo veía, puede haber engordado en todo ese tiempo. Lo conocí cuando cantaba aquello de “Cuéntame qué te pasó…” y luego dejé de encontrármelo en la tele. He oído hablar de él en festivales de jazz, se ve que los Manhattan eran un grupo con mucho prestigio dentro del jazz, que es como la élite de la música, la crème de la crème dentro de ese reducto cultural que es el jazz. Y van los Manhattan y entran en la fama con una canción que dice: que estaba, allá en la playa, recogiendo, la aguakita, y vino una avispa y me picó, ¡ay! ¡ay!. La vida es una paradoja (en lenguaje vulgar: «puta mierda»); para una canción tonta que cantan va el gran público y se vuelca en ellos. Seguro que los puristas del jazz les dieron la espalda. A los puristas no les gusta la gente. Cuando hay mucha gente siguiendo a alguien, abandonan a ese alguien. Los puristas son así, les gustan los ambientes solitarios. ¿Qué coño será una aguakita? El Ramalá era mejor, por lo menos la letra no decía tonterías del tipo Pero el gachó tiene la “go” pao, pao. Tim Hauser no se protege con gafas de sol. Como ha engordado tanto la gente ya no lo reconoce, además, hace mucho que no sale en la tele. Igual los puristas le vuelven a abrir las puertas. Elena Pintski, sin embargo, hace cuatro días que estaba en el tartán, concentrándose en ese listón que marca la barrera entre el triunfo y el fracaso, el recuerdo y el olvido, imaginándose ingrávida antes de iniciar la carrera delante de millones de espectadores (contando los de la tele, claro). Ganar una medalla y retirarse. El final perfecto de su carrera. Animaba a la gente para que hicieran palmas cuando iba a saltar, hacía palmas mirando a las gradas del estadio y la gente la seguía, como si todas las palmas juntas pudieran confeccionarle unas alas. Es raro que no esté su hijo por aquí, ni el marido. Quizás los dos se han quedado en el apartamento, no es bueno que un niño se exponga al sol a estas horas, porque después de las olimpiadas, de tanto tiempo separada de la familia, ella estaría loca por estar con ellos, y sin embargo no están. Lo dicen los médicos: el sol es muy malo para los niños. La piel tiene memoria. Se acuerda de cosas que uno ha ido olvidando, como el olor del a aceite de coco mezclado con el olor a mar de cuando niño, y el del vinagre que tu madre te ponía empapando en un paño (recortes de sábanas viejas) para apagar el ardor de la espalda quemada, como ahora debe estar la mía. Se queda todo grabado en la piel, sobre todo  los olores, pero también los castillos de arena, que en la memoria son perfectos, con torreones y almenas muy bien perfiladas, y con puertas levadizas que dejan el castillo bien protegido, rodeado de un foso de agua inexpugnable (¿inexpugnable? Sí, inexpugnable), es lo que tiene la memoria, una malla ancha para lo malo y otra muy estrecha para lo bueno, y si no hay nada bueno pues lo inventa, lo acomoda para complacernos, a la memoria le gusta llevarse bien con nosotros, dejarnos una buena imagen de lo que fuimos, aunque sea mentira, luego todo eso la piel lo transforma en una mancha, lo anota todo dentro de manchas dormidas, cada día una, y las deja ahí, como minas en un campo olvidado. Por eso Elena Pintski no ha traído a su hijo. Pero ella no ha aguantado y se ha venido a despanzurrarse bajo el sol. Lo pasó muy mal en las olimpiadas. Cuando según el locutor, tenía una medalla en el bolsillo, su culo se llevó el listón. Al tercer intento se acercó corriendo con una curvatura artificial, como siempre, y esta vez no se produjo el milagro. Y eso que la gente había estado aplaudiendo desde las gradas, con ganas. Pero las alas no brotaron. Se escuchó un ¡Ooooh! de desilusión. Ahora más que nunca necesita estar sola, necesita que el sol le deje en la piel un mensaje privado. Algo así como “Saltaste Elena”, y cuando pasen muchos años y no se acuerde ni de quién es, la piel le recordará aquel salto en el que, esta vez sí, su culo volará sobre los dos metros cinco. ¿Qué le dirá la piel a Tim Hauser dentro de treinta años? ¿“ioa …ioae …ioa …ioae”? Empiezo a oler a carne a la parrilla, debería darme la vuelta, la espalda se me quema y ya no tengo quién me ponga paños de vinagre. Debe ser cosa del verano, el calor del verano es terrible, deshace la realidad, ablanda los cuerpos y las cosas y graba mensajes crípticos en la piel, mensajes con canciones absurdas y atletas derrotadas a la orilla del mar oliendo a vinagre y aceite de coco.